EXPERIENCIAS

MI PARTO INDUCIDO : el desenlace

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La madrugada fue… cómo decirlo suave: terrorífica. Entre los tactos vaginales cada hora, a cada cual más doloroso, una muchacha de parto que no dejaba de gritar a todo pulmón, un dolor insoportable en los riñones y unas contracciones cada vez más fuertes y seguidas, apenas pegamos ojo. Por supuesto, nadie nos explicaba nada, ni porque teníamos que estar allí, ni hasta cuándo.

Cerca de las 7 de la mañana, mi chico se marchó a la habitación para darse una ducha y desayunar. Cinco minutos más tarde rompí la bolsa. La sensación fue la de un globo que se desinfla en tu interior. Me levanté de un salto de la cama y avisé a las enfermeras que me confirmaron lo que yo ya sabía: había roto aguas. Al menos nadie me rompería la bolsa.

A partir de ese momento el parto se aceleró. Empecé a tener contracciones cada vez más seguidas, tanto, que apenas podía descansar entre una y otra. Me concentré en la respiración, menos mal que la había practicado mucho en casa. Cuando mi chico llegó veinte minutos más tarde no podía hablar, una contracción seguía a la otra. Como pude le expliqué lo que había pasado. Afortunadamente para quedarse más tranquilo después de ducharse bajó directamente a la sala de dilatación. Nunca me he alegrado más de verle, eso sí, el pobre se quedó sin desayunar.

En muy poco tiempo había dilatado 6 centímetros, estaba que me retorcía de dolor. Fue entonces cuando vino el anestesista y me puso la epidural. No me negué, tenía demasiado dolor para cuestionarlo, aunque hoy pienso que fue contraproducente. La epidural me dio un respiro pero me paró el parto. Antes de las diez de la mañana ya había dilatado del todo, sin embargo la fase de expulsivo se complicó. Por un lado, el bebé no descendía lo suficiente por el canal de parto. Era muy pequeño y no tenía fuerza para bajar. Por otro, no notaba ya las contracciones y no sabía cuando tenía que empujar. Además estaba muy fatigada. Menos mal que mi pareja estaba a mi lado, cogiéndome la mano, acariciándome la cara y prodigándome todos los mimitos que necesitaba.

Cada poco tiempo pasaban a ver como estaba pero el parto no progresaba, el bebé bajaba pero muy despacio. Cuando ya llevábamos cuatro horas de expulsivo vino una matrona decidida a dar por terminado el parto. Teníamos que sacar al bebé ¡YA!, había riesgo de sufrimiento fetal. La verdad es que fue un poco brusca y poco comprensiva. Yo había practicado la respiración de una forma pero ella insistía en hacerlo a su manera. Tras unos cuantos empujones inútiles, decidió llamar al séptimo de caballería y en un momento la sala de dilatación se llenó de médicos. Para entonces yo sólo quería que Nano naciese sano y que mi chico no se desmayase, o peor,  no echase a correr. Pero ahí estuvo como un valiente viendo nacer a su hijo.

Todo lo que sucedió a continuación lo recuerdo a toda velocidad. Valoraron a toda prisa utilizar unos forceps, para entonces yo ya sabía que me iba a tocar la tan temida episiotomía. Mi único miedo en aquel momento era que lastimasen a mi bebé.

Y aquí entra aquella parte en la que te olvidas de lo que dijiste que no permitirías que te hicieran por nada del mundo. Porque yo había jurado y perjurado que jamás me dejaría hacer la maniobra de Kristeller. Sin embargo, cuando aquella ginecóloga me explicó apresuradamente que se iba a apoyar con las dos manos en mi vientre y empujar hacia abajo, no pude ni supe negarme. Debo decir a su favor que me explicó lo que me iba a hacer y que la maniobra no me resultó dolorosa. Pero no olvido que no es una práctica recomendada y que tiene importantes contraindicaciones de las que hablaré en otro momento.

No puedo valorar si fue efectiva o no, pero en dos empujones nació mi pequeño. Recuerdo vagamente que me lo mostraron… era tan diminuto. El papá lo recuerda mejor que yo. Lo que  no olvidaré nunca es no oírle llorar y como, muy nerviosa, se lo decía a mi pareja: no llora, no llora, y como el papá trataba de tranquilizarme. Hasta que oí su llanto por primera vez y me relajé. Más tarde nos enteramos por el informe de que había estado 45 segundos en parada cardiorespiratoria, pero eso nadie nos lo contó.

Mi bebé pesó 2,220 kg, más que un bebé parecía un gatito. Estaba un poco amoratado, apenas tenía pelo, era más bien delgadito y tenía los labios muy rojos, ¡era tan hermoso!… Tras la primera exploración me lo trajeron y pude estrecharle entre mis brazos, fue el momento más feliz de mi vida. Enseguida me lo coloque al pecho, estaba ansiosa por iniciar nuestra lactancia, su padre sacó el móvil para sacarle una foto.

Y de pronto, toda nuestra felicidad se tornó en desdicha, porque nuestro peque dejó de respirar y empezó a ponerse azul. Avisamos corriendo y la sala volvió a llenarse de médicos. Rápidamente se lo llevaron a neonatos y su padre fue tras él. Y yo me quedé sola y aterrada. Pero en todas partes hay personas buenas y una de las auxiliares se quedó a mi lado consolándome. La estaré eternamente agradecida por su apoyo y sus palabras.

Y aquí acaba mi parto inducido, y empieza nuestra historia en neonatos… Hechos que narraré próximamente en un nuevo post.

Si te ha gustado la entrada, deja un comentario, siempre serán bienvenidos y ayudan a saber que hay alguien al otro lado.

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14 comentarios sobre “MI PARTO INDUCIDO : el desenlace

  1. Me ha encantado !! Que historia tan conmovedora ! Se me han caído un par de lágrimas .
    Eres una gran escritora y sabes como hacerlo para que llege a todos nuestros corazones.
    Enhorabuena muy bonita entrada.

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  2. Al final mira la hora que es y no he podido leer los blogs pendientes..que desastre. Pero esta noche, te hago un repaso con el móvil desde la cama, palabrita 😉 Te lo iba a dejar puesto en “sobre mi” pero no admite comentarios jajaja.
    Un placer, Rosa.

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      1. Es que suelo leer por la tarde, pero hoy me lié con otra cosa y al final nada.. Tengo mil post pendientes. Pero es que soy de las que no pasa de todos los atrasados cuando tiene 200.. No, yo los leo, aunque sea una semana después. Así que si ves que te comento post de hace un mes, es completamente normal, lo raro es que comente uno nuevo jaja.

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      2. Pues nada, tú a tu ritmo, jeje. Los comentarios siempre serán bienvenidos aunque me comentes un post de hace un mes. Muchas gracias por leerme y un beso muy grande. Buen finde!!!!!

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  3. Cuando nació mi hija, me pasó lo mismo con la maniobra que mencionas, fue una niña pequeña tal como tu bebé, pero de eso ya han pasado 12 años y ahora mismo, todos los malos momentos que atravesamos cuando estuvo en neonatos, los superamos, hoy es una niña que crece sana y feliz.

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  4. Me alegra enormemente escuchar tu historia y saber que tu hija está estupenda 12 años después. La verdad es que se pasa muy mal pero tener a tu peque en los brazos lo compensa todo. Un abrazo.

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  5. Se me han erizado los pelo… jolín que mal rato! pero todo se compensa con ese niño de 9 meses que tienes 🙂
    A mi también me hicieron la maniobra, y mira que yo iba convencida de que no, pero tenia la barriga muy alta y la niña no bajaba. Bueno, aquí la tengo a ella y sana y salva. Me quedo con eso.
    Tienes una nueva seguidora, en cuanto pueda me pongo al día.

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    1. La verdad es que el parto fue duro pero al final todo acabó bien. Con respecto a la maniobra de Kristeller aunque está prohibida se realiza con demasiada frecuencia. No sé si en tu caso estaría justificado o no, pero al menos todo salió bien. Un abrazo.

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